Perseguir tus sueños

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Perseguir tus sueños es como estar en las alturas o practicar cualquier deporte de riesgo. Últimamente he pensado mucho en ello. En cómo será sentir vértigo, saltar por un paracaídas, hacer puenting, hacer parapente o cualquier otro deporte extremo. Para algunos eso es una locura, para otros en cambio, libertad. Cada persona tiene sus miedos, con todo lo que eso incluye: síntomas físicos, psicológicos, etc.

Hay muchas personas que ante esa clase de adrenalina responden con miedo o pánico pero yo definitivamente creo que soy una de esas personas que cuando siente esas mariposas en el estómago irremediablemente se siente viva. E ahí de cómo será sentir vértigo (entendiendo el vértigo como un miedo real a las alturas).

Tampoco es que últimamente me haya sentido muerta, dormida o perezosa sino todo lo contrario. Lo cierto es que me siento más viva que nunca, aunque claro, no todo es positivo.

Tengo la sensación de que a cada paso que doy me acerco más a mis sueños. La pregunta entonces es, ¿No se supone que cumplir sueños es algo positivo? Mi respuesta es: sí, claro.

¿Entonces, dónde está la parte negativa? Digamos que cumplir tus sueños te lo venden como una historia en el que tienes que esforzarte mucho para conseguir un fin último: la felicidad. Bueno, y sí, de cierta manera es así, pero lo que NADIE te dice es a cuantas cosas te tienes que enfrentar.

Perseguir tus sueños es una lucha de todos los días en donde tienes una pelea interna entre que puedes y no puedes, entre que eres capaz y no eres capaz, en toda la competencia a la que se supone tienes que superar, pelear con tu peor lado: el inseguro, el derrotista, el perezoso, el procrastinador, el que está enganchado a las redes sociales y un largo etcétera.

Cumplir tus sueños es como ser un trapecista de la cuerda. Tienes que ir encontrando un equilibrio, entre el tiempo que le dedicas, los frutos que obtienes, las emociones que te provocan. Tienes que concentrarte cada día para no despertar del sueño que estás creando y todo lo que has conseguido se deshaga. La única mirada que te permite avanzar es hacia el frente. Ni hacia arriba, ni hacia abajo, ni hacia la izquierda, ni hacia la derecha, ni si quiera para atrás. Eso me recuerda a la película The walk.

Tienes que lidiar con la única certeza  de que tú eres la única persona con poder para llegar hasta el otro lado de la cuerda y pese al viento, pese a la lluvia, pese a que te duelan las manos de agarrar la barra con la que mantienes el equilibrio, o tengas los pies cansados, solo debes seguir porque quedarte prendado de la cuerda o saltar al vacío no son una opción.

Con toda la tensión (supongo, porque nunca lo he intentado) que tendrán los acróbatas ¿Cómo son capaces de ir caminando por una mísera cuerda y no caer en el intento? ¿Qué tendrán ellos que el resto no tenemos? Esa es la pregunta que me ha estado rondando todo este tiempo.

Si alguien me dijera que su truco consiste en pensar que debajo tienen un colchón que amortigüe su caída lo aceptaría. La cuestión es, ¿Cómo solventar todas las dudas, toda la incertidumbre que eso puede conllevar? Yo aún no he encontrado una respuesta. Sigo jugando a esgrima con el contrincante más duro con el que me he cruzado hasta ahora: yo misma.

¿Y tú, te atreves?

MIEDO

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No sé si habréis visto la película After Earth protagonizada por Will Smith, pero quería hacer la introducción al artículo con una mención al miedo que me dejo atónita. “…Y entonces me di cuenta de que el miedo no es real. El miedo solo puede existir en nuestros pensamientos del futuro. Es producto de nuestra imaginación causando que le temamos a cosas que en el presente no existen y que quizá nunca existirán. Eso es casi una locura, Kitai. No me malentiendas. El peligro es muy real. Pero el miedo es una decisión. Todos nos estamos contando una historia. Y ese día, la mía cambió.”

miedo

Existen toda clase de miedos: a animales, a las alturas, a espacios cerrados, a espacios abiertos, a otras personas y podría seguir una larga lista pero hoy quiero enfocarme en tres: miedo al rechazo, miedo a la soledad y miedo al fracaso. La razón por la que quiero hablar de estas tres es porque son la piedra angular de todos los miedos, son las más limitantes.

El miedo al rechazo viene de que los humanos somos sociables por naturaleza. El hecho de ser rechazados podría decir respecto a nuestro ADN que no somos aptos para ser queridos por otras personas, es decir, que de alguna manera no merecemos ser queridos.

El miedo a la soledad significa la incapacidad de estar física o emocionalmente solos. Desde pequeños crecemos rodeados de familiares, de amigos de la escuela para más tarde ir cambiando o conocer personas que serán parte de nuestro círculo de amigos. No tener un círculo íntimo de personas significa no tener apoyo, consuelo, amor, complicidad y todos esos términos que son de vital importancia para una persona para su crecimiento.

Por último, queda el miedo al fracaso que esconde otro miedo a no ser lo suficientemente bueno, a no ser capaz.  ¿Pero realmente, qué es el fracaso? O si lo preguntamos de otra manera, ¿Qué es el éxito? Lo que para una persona podría significarlo tal vez para otra persona no lo signifique y a la inversa.

Realmente es difícil definir qué es cada una de ellas ya que para cada persona tendrán un significado distinto. Para mí, el éxito consiste en cumplir mis sueños mientras soy feliz o al menos trato de serlo.

Sin miedos, no hay límites.

PUESTA EN ESCENA

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Tres, dos, uno… Probando, probando.

Momento crucial en el que sales al escenario. Estás ahí, de pie, en frente de un público que espera con entusiasmo y con cierta curiosidad tu puesta en escena. Notas como los papeles que tienes en mano están envueltos en forma de cono, como tu mano tiembla de nerviosismo además de que tu voz no sale de una manera firme y segura. Es ahí donde el miedo escénico hace su entrada.

Estás tan concentrado en ese momento, en la manera tan insegura en el que se refleja tu cuerpo y tu expresión que no te paras a pensar en cómo tu mente está jugando contigo. Quieres causar tan buena impresión, quieres hacer tan bien la exposición que ni siquiera eres consciente de que los demás ya notan tu nerviosismo.

Antes de entrar en escena, mucho antes incluso, ya han salido todas tus preocupaciones a la luz. ¿Qué impresión causaré en los demás? ¿Se me olvidará algo? ¿Les gustará mi presentación? ¿Será aburrido o entretenido? ¿Cómo me juzgarán? ¿Me criticarán? ¿Haré el ridículo? ¿Se reirán de mí? Mientras todos estos pensamientos empiezan a revolotear, tu cuerpo ya se ha puesto tenso, tu estómago se ha cerrado y tu pulso se ha ido incrementando.

Ya no hay vuelta atrás. Te has puesto en el peor escenario posible, le has dicho a tu cuerpo a través de tus pensamientos que no vas a hacer bien la presentación. Le has dicho que se te olvidará algo, que harás algo mal, que quedarás en evidencia, que a los demás no les gustará o que tu público será el más estricto y severo de los jueces.

Es posible que tu presentación no salga perfecto, que te equivoques en alguna cosa, que se te olvide algo, que tu audiencia se aburra o que la exposición que hagas no sea completamente de su agrado. El problema consiste en que no puedes controlar lo que los demás piensan de ti ni tampoco puedes pretender ser perfecto. ¿Pero acaso no pasa eso el resto de los días del año cada vez que interactúas con alguien? ¿Quiero decir, cada vez que te relacionas con alguien ya sea ese alguien conocido, desconocido, cercano o íntimo, controlas lo que piensan a cada rato? ¿No, verdad? ¿Entonces, cuál es la diferencia?

Parece que cuando salimos a hablar en público nos convertimos en una especie de diana que puede ser un blanco perfecto para toda clase de críticas, burlas o sentencias. Teniendo en cuenta lo que he mencionado en el párrafo anterior, por qué no pensar que haremos bien la presentación, que al público le gustará o mejor aún, por qué no pensar que somos humanos y que tenemos un margen de error, a fin de cuentas, nuestra existencia no se reduce a complacer a nadie. Estamos aquí para cometer errores, para aprender de ellos y seguir siendo felices.

Cuenta hasta tres, respira hondo y sonríe. ¿Estás listo para enfrentarte al mundo?

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